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Acabo de terminar un proyecto de investigación que surgió de una pregunta a la vez personal y profesional: ¿Qué pasa en nuestra mente cuando nos convertimos en madres y nos toca pasar gran parte de nuestro día (y nuestra noche) respondiendo con presencia y sensibilidad a las necesidades de un pequeño ser que aún no sabe comunicarse? La inspiración vino de un libro llamado El apego en psicoterapia, de David J. Wallin, donde se plantea que el mindfulness y la mentalización (esa capacidad de pensar sobre lo que sentimos y lo que sienten los demás) se potencian mutuamente en el contexto de una relación terapéutica. Esta forma de responder, con el tiempo, genera un vínculo seguro entre terapeuta y cliente desde el que trabajar los problemas que el cliente trae a consulta. Esta idea, inmediatamente, me hizo pensar en las similitudes y las diferencias que guardan la relación terapéutica con la relación madre-bebé. En ambos casos una buena mentalización y actitud de atención plena son esenciales para el desarrollo de la relación, pero mientras que el terapeuta pasa un máximo de 7-8 horas al día respondiendo a la experiencia de otra persona de esta forma, las madres de bebés pasan una grandísima parte de su tiempo con la mente en las necesidades presentes, pasadas y futuras de ese bebé. A esto se suma la falta de sueño, los cambios físicos, psicológicos y sociales asociados a la maternidad y, a menudo, la falta de red social. Me quedé pensando: ¿Cómo hacen sus mentes para contener todo eso? ¿Cómo mantener un equilibrio ante tanta demanda y cuidarnos a nosotras mismas? Así nació este estudio. ¿Qué investigué? Invité a participar a dos grupos de mujeres entre 20 y 45 años:
Les pedí que completaran cuestionarios sobre tres temas clave:
Mindfulness: ¿qué es exactamente? En pocas palabras:
Mentalización: ¿cómo se diferencia? Función reflexiva parental: ¿cómo se aplica a la crianza?
¿Qué encontramos? Una de las claves del estudio fue evaluar por separado la mentalización general y la específica con los bebés, porque no es lo mismo mentalizar con tu pareja o tu amiga que con tu hij@. De hecho, estudios previos muestran que estas dos habilidades no siempre van de la mano. Y los resultados fueron muy interesantes: 1. En madres recientes, vimos que:
¿Y ahora qué? Estos resultados no son revelaciones sorprendentes. De algún modo, ya lo sabíamos con el cuerpo, la experiencia y la intuición. Pero ponerles datos, palabras y contexto ayuda a validarlo:
Cuando nos convertimos en madres, nuestro mundo interno cambia. Y muchas veces, para adaptarnos, necesitamos soltar certezas, expectativas externas y el piloto automático. Necesitamos aprender a estar con lo que es, no con lo que debería ser. Y desde ese lugar, conectar con lo que el bebé nos está diciendo sin palabras. No es fácil. Sobre todo si estamos tristes, solas o desbordadas. Pero es un recordatorio importante: no hace falta hacerlo perfecto, pero sí vale la pena aprender a estar presentes. |
Hola!Soy Marina Charquero, psicóloga general sanitaria especializada en salud mental perinatal. ArchivesCategories |
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